La naturaleza, el diseño y la sustentabilidad como factores indispensables para una mejor habitabilidad global. Pensando un modus vivendi que no es un regreso a la normalidad

La naturaleza, el diseño y la sustentabilidad como factores indispensables para una mejor habitabilidad global. Pensando un modus vivendi que no es un regreso a la normalidad

Cada situación difícil que acontece es una gran lección que debería derivar en un aprendizaje para mejorar como humanidad.

La pandemia de este año trajo numerosos cuestionamientos de lo que estamos haciendo como especie e individuos hacia el planeta, sus recursos y sus demás habitantes. En términos de sustentabilidad, diseño y habitabilidad, nos enfrentamos a un gran reto que repercute en la vivienda, los espacios laborales, recreativos, y en un sentido más amplio, las ciudades.

Por otro lado, es complejo hablar de un regreso a la normalidad, es decir, a las prácticas que solíamos hacer, ya que con esto no se reconocerían los errores que estábamos cometiendo, y volver a lo conocido supondría no aprender mucho de lo que vivimos con la pandemia de SARS-CoV-2. Así, cuando el mundo se detuvo para ver el agua cristalina de Venecia, contemplar cómo los mares de las costas mexicanas y de otros países comenzaban a limpiarse de toda la suciedad que estábamos produciendo, u observar a los animales llegar a las ciudades para reclamar espacio, y finalmente disfrutar de los cielos azules llenándose nuevamente de oxígeno y esperanza para ver un nuevo amanecer. Rápidamente, mucha gente tomó conciencia de que algo estábamos haciendo mal, que la pandemia del mundo pareciera ser en realidad la existencia humana y su modus vivendi tóxico para el planeta.

La enfermedad del COVID-19 vino a poner en tela de juicio la zoonosis, la fragilidad que habíamos olvidado, y nuestra vinculación con lo más elemental, la naturaleza de la cual formamos parte. Justamente, es en ella en la que debemos tomar líneas de acción para hacer del diseño el mejor recurso para transformar nuestro tiempo, y alcanzar la soñada evolución que estamos demandando.

Ciertamente, esto no es algo nuevo, muchos diseños están basados en la naturaleza, ya sea de manera indirecta o directa, como es el caso de la biónica, la arquitectura orgánica, el diseño biofílico, o la llamada arquitectura natural. En el caso de las ciudades se tiene el desarrollo sustentable/sostenible, el urbanismo ambiental, y el ecosistémico. Sin embargo, no se debe caer en el error de pensar que, imitando a la naturaleza per se en un plano exclusivamente formal, se obtendrán los resultados esperados, o que adquiriendo productos con una etiqueta de eco-friendly se solucionarán todos los problemas; el tema es mucho más complejo.

Es lógico pensar que no se puede hablar de diseño si no se contempla a la naturaleza, siendo que somos parte de ella, pero así también lo ha demostrado la la evolución de la arquitectura y de las ciudades, por ejemplo, saber orientarse para tener un asoleamiento adecuado, una ventilación natural, y aprovechar todo lo que brinda el ambiente natural. Todos estos factores están íntimamente ligados con el diseño, y los cuales la población se ha percatado de manera más consciente en el período de confinamiento.

Basta con recordar que los espacios interiores que tuvieron una ventilación natural fueron los más valorados en esta pandemia, al igual aquellos con ventanas y domos para poder disfrutar del sol y poder observar el cielo, más allá del paisaje urbano; nuevamente, reconexiones con la naturaleza.

Estas preferencias no sólo se dan por nuestra psique, realmente son benéficas para la salud. Espacios con iluminación natural impiden que las bacterias y hongos se reproduzcan fácilmente. Los ácaros de polvo que proliferan en las casas cuando la humedad relativa aumenta, pueden ser eliminados con la entrada de rayos solares. En el caso del SARS-CoV-2, la ventilación es una variable que disminuye el riesgo de contagio en espacios habitacionales, de esparcimiento y escolares (Zafra et al., 2020). Las bacterias, esporas y otros micro-organismos encuentran un espacio en el polvo para poder albergarse, creando fómites, y en combinación con los aerosoles contaminados de SARS-CoV-2, representan una fuente de riesgo importante, ya que el virus puede permanecer viable e infeccioso en aerosoles durante horas y en superficies hasta días (Doremalen et al., 2020). Por lo que es fácil deducir que el diseño debiera facilitar la limpieza de cualquier espacio. Hablando en términos más amplios, en las ciudades también deberían re- plantearse con mayor frecuencia estos factores de diseño tan importantes. En el caso de la Ciudad de México, un problema que ha crecido es la ubicación del sector industrial ubicado al norte. En una ciudad dominada por los vientos de norte a sur, resulta muy contradictorio, ya que se tiene un efecto adverso cada vez que el viento aumenta de velocidad.

En esta época, se sabe de los grandes peligros que representa la contaminación para los asentamientos humanos, tanto a nivel físico como anímico. Desafortunadamente, también repercute en la transmisión de agentes patógenos como en el caso del SARS-CoV-2. Investigaciones recientes encontraron que cada aumento de 1 μg / m3 en la exposición a PM2.5 en un largo plazo, se tiene un aumento del 15% en el riesgo de mortalidad por COVID-19 (Wu et al., 2020). Los problemas se van complicando en la medida que no se atienden los problemas sustanciales con el medio ambiente.

Por el mismo lado, ¿cómo se pueden extrapolar las medidas internas de seguridad de un espacio interior a uno exterior? ¿Cómo el espacio público puede contribuir a reducir riesgos? Las burbujas sociales fueron un factor determinante para poder reducir los contagios. Numerosos estudios diferentes han demostrado que del 10% al 20% de los casos que representan del 80% al 90% de las transmisiones, pueden reducir drásticamente la epidemia al eliminar los eventos supermasivos (Pueyo, 2020). Sin embargo, el aislamiento prolongado y la falta de actividad en las ciudades, provocaron pérdidas económicas importantes en distintos sectores.

El espacio público debería vislumbrar cambios drásticos. Uno de ellos es el cambio de políticas públicas para poder privilegiar al peatón y disminuir el uso de transportes motorizados altamente contaminantes. Para ello, se tendría que pensar en un equipamiento más amplio, banquetas, parques, senderos, bancas. Asimismo, una infraestructura más limpia, vialidades con mayor mantenimiento, y servicios que promuevan energías renovables, eólicas y solares.

Esto último nos lleva a replantear también el papel que desempeña la tecnología. Es fundamental este componente, pero no por su consumo, al contrario saber cuándo y cómo se debe emplear. La tecnología debe ir acompañada de las premisas de la naturaleza, tanto de su fabricación como de su funcionamiento. Muchas corporaciones han animado a la adquisición de productos y aparatos, e incluso provocando fallos a propósito para seguir consumiendo, como es el caso de la obsolescencia programada.

Leyes más concisas podrán regular estas carencias jurídicas que permiten consumos desmedidos, pero también sanciones justas para quienes sigan cometiendo atropellos contra el medio ambiente. Aún es difícil creer que en pleno siglo XXI existan personas que se nieguen a creer que la crisis ambiental es un problema que no exista o que no se le otorgue la relevancia dentro de las políticas internas de un país.

Es a través de la conciencia en la naturaleza, la educación, la responsabilidad, y los cambios en las políticas y en las leyes, que nuestra sociedad pueda encaminarse a la sustentabilidad, y a restaurar parte del equilibrio que se ha vislumbrado con la pandemia. No se debe plantear un regreso a la normalidad, todo lo contrario, hay que idear un futuro muy distinto a lo que conocíamos, que desde el presente pueda estar orientado a valorar el mundo que tenemos.

La sustentabilidad se da a partir de la implementación y éxito de estrategias que ayuden a mitigar los efectos de las acciones humanas que repercuten negativamente en el mundo, así como el cuidado del mismo para generar un cierto equilibrio, en el sabio uso de los recursos naturales, la eficiencia de los asentamientos humanos, el tratamiento adecuado de los residuos y deshechos que genera la huella humana, el ahorro y eficacia energética, y otras gestiones que se dan en las mismas relaciones humanas, como aspectos económicos, educativos, legales, sociales y tecnológicos que ayuden a la causa. Todo ello desde dos planos: el humano, en su más amplio concepto (distintos estratos sociales, edades, géneros y generaciones futuras), y el eco-sistémico refiriéndose a la amplia diversidad de seres vivos y elementos que integran al planeta, esto para que los recursos y oportunidades sean equitativas, que incluso puedan ser mejores de las que tenemos ahora.

Autor: Oliver José De La Rosa Anzures

Suscríbete a nuestro Newsletter

Lo más reciente